Las muletas en Balcarce
Salir un fin de semana de la gran ciudad entrega a cualquiera una bocanada de aire fresco, permite inflar el pecho en medio de un lugar saludable y, claro está, volver a enamorarse del canto de las aves, de la armonía de un paisaje, de los colores de un horizonte…en fin, de las maravillas con que la naturaleza sabe despertar nuestros sentidos.
Caminar por las callejuelas empedradas de las sierras tranquiliza el espíritu, entrega impresiones placenteras, inspira la mente. Levantar la vista y notar que las sierras de un lado a otro brotan tan unidas, hace que uno no pueda dudar de las maravillas de la naturaleza. Cada paso que realicé en ese paisaje fue una escena nueva ante mis ojos, y a cada minuto me sentí deliciosamente sorprendido. Recorrí con mis muletas sendas que transportaron mi imaginación a paraísos encantados.
Lo interesante del paisaje serrano que visité fue que, en su gran parte, no parece haber grandes modificaciones por parte del hombre. No parece estar afectado por esa manía que tiene el ser humano de creerse autorizado para modificar a su antojo las obras de la naturaleza, error que se lo adjudico a la propia ignorancia que nos caracteriza. Muchas maravillas de la naturaleza son aprovechadas por el hombre, que cree poder entrar en el reino animal y vegetal y modificarlo a su antojo, desconociendo el orden que impone la naturaleza. Cuántos lugares se conocen que, ni bien son tocados por el hombre, pierden el equilibrio de la naturaleza y más tarde ocasionan desastres que nada tienen que ver con lo natural, sino más bien con la arrogancia del hombre de querer abarcar lo que no le pertenece.
Detuve mi andar de muleta cuando observé inmóvil en el aire ante una flor un diminuto y hermoso picaflor. ¡Que belleza de la naturaleza! Hacía mucho tiempo que no veía un ejemplar de esta hechicera y preciosa ave. No pude más que detenerme a observarlo, mientras se balanceaba con el cálido sonido de sus pequeñas alas que la suspendían sobre una flor amarillenta. Se movía de una flor a otra con ese movimiento tan gracioso que lo caracteriza y lo transforma en una flor animada. Mientras la observaba me acordé que una viejita que tuve de vecina alguna vez me dijo que el picaflor era un pájaro resucitado porque moría en invierno y resucitaba en verano, cosa que aún puede ser verdad porque nunca tuve la suerte de ver un picaflor durante la época invernal. Se fue volando como un relámpago mientras me había detenido a observar sus fantásticos colores que tiñen sus plumas.
Un paisano del lugar me contó que por sus características particulares, que combinan un gran espejo de agua y sierras de
Pasé un fin de semana en un lugar único; y gracias a la pausa que me entregan mis muletas pude disfrutar de un espejo de agua natural, de unas sierras que datan de momentos previos a la separación de los continentes, de un refugio natural de especies, lleno de tranquilidad y de vida.

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