Muletazo ciudadano
Voy con mis muletas andando las calles y pensando que de vez en cuando es necesario fugarse del presente para que mi sensibilidad sea golpeada por esa fuga y me permita imaginar otros lugares, otros tiempos, y para que mi mente ponga distancia, piense, imagine, sueñe, y logre darme cuenta que los seres humanos y la historia también estaban en otra parte.
Zigzagueo con mis muletas en una vereda terriblemente poseada de esta laberíntica ciudad y, a paso lento, voy encontrando inspiración para darme cuenta que la vida no termina delante de mi nariz. Con la ayuda de mis muletas voy perdiendo mi ombliguismo y el egocentrismo característico de esta época que piensa que todos los tiempos han culminado.
Entre tanto muletazo, me detengo a mirar las coordenadas en las que me encuentro porque llego a pensar que tal vez estoy perdido en la ciudad. Y si me pierdo, ¿cómo vuelvo a mi casa desde esta recóndita esquina de Buenos Aires? Mientras un rayo de sol me apunta directo a mi retina y no me deja ver el cartel que me indica la esquina en la que me encuentro parado, me viene a la mente Walter Benjamin quien decía que para conocer una ciudad primero había que aprender a perderse en ella. Hago caso a Walter y ya ni me intereso por saber dónde me encuentro parado. Sigo muleteando por esta tranquila calle porteña.
Y en ese imaginar otros lugares y otros tiempos, me detengo a pensar que en algún momento no existieron los carteles que indican los nombres de las calles en las esquinas, y que la gente las andaba sin miedo a perderse y, seguramente, tenían otra actitud de mirar el mundo que generaba otras maneras de establecer el diálogo entre los seres humanos.

Justo en el momento en el que apoyo mis muletas contra una pared de una antigua casa para sentarme en el escalón de entrada de la misma y descansar, aparece ante mis ojos una avispa que, para mi, era gigante. En un santiamén tomé una de mis muletas y comencé a realizar todo tipo de movimiento extravagante para intentar apartarla de mi lado. Sorpresivamente se posó justo, justo, a mi lado, como queriendo sentarse a conversar conmigo sobre su presente. Me dije a mi mismo que tal vez tenga la fortuna de estar ante un insecto que se diferencia del resto de los insectos por su elevado instinto, y la muy astuta percibió en mí la curiosidad que me despertó su presencia. Me detuve a observar y se trataba de un insecto hermosísimo, con un cuerpo arrogante, negro, y parecía lustrado con alguna cera importada. Sus alitas de un color café suave ejecutaban movimientos graciosos acompañados por un canto nostálgico. A decir verdad, nunca antes había sentido el canto de una avispa.
La avispa llama toda mi atención, y me dan ganas de preguntarle por qué eligió asentarse en Buenos Aires y no prefirió, como casi todos los insectos, el despoblado de los bosques o de los campos para criar a sus descendientes. No se lo pregunto porque claro, no sabrá responderme. De repente me llama la atención la forma en que me muestra su aguijón. Pienso que tal vez esté preparando su ataque hacia alguna parte de mi cuerpo para dejarme atontado por el efecto de su veneno, por lo cual suavemente tomo mis muletas intentando no molestarla más, y salgo pausadamente por la veredita en la que me encuentro.
Mientras comienzo mi retorno a la morada, la avispa me hace pensar que no soy un hombre indiferente a las bellezas de la naturaleza y que cada vez que salgo con mis amigas muletas, mi corazón se sensibiliza al surcar estas plácidas callejuelas.
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